Carne Latente

La voz

Desde
el útero

Una sola mujer puede interpretar a muchas, a varias. Pero ¿qué pasa cuando cuesta quitarse la máscara?

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Mireliz Alba lee un texto que escribió a partir de Carne Latente.

La mirada

Mireliz Alba

Mireliz se sienta frente a la cámara, se pone las gafas y lee. Lo que lee lo escribió a sus cincuenta, después de Carne Latente: después de interpretar a muchas mujeres, de esconderse entre ficciones y de ver lo que una pantalla hace con un cuerpo.

Habla de las máscaras que cuesta quitarse, de las voces que empujan a las más jóvenes, del cuento del empoderamiento y de lo que hemos aprendido a normalizar. Sin personaje ni vestuario. Solo su voz.

7 minLectura en primera persona

Lo que escribió

¿Será esa la mejor versión de mí?

La máscara

Con esto deseo demostrar lo efímero, lo irreal del ciberespacio. Puedo alterar las imágenes, los videos y esconderme entre ficciones.

Una sola mujer puede interpretar a muchas, a varias. Pero ¿qué pasa cuando cuesta quitarse la máscara?

El prototipo que se adapta mejor al molde. La mejor versión de mí.

¿Será esa la mejor versión de mí?

Depositamos en la forma nuestras expectativas de ser aceptadas, mientras la sustancia se debilita y se esconde en baúles sellados con inscripciones que rezan: «Prohibido liberar. Material altamente peligroso».

Nunca es suficiente

Pero ¿por qué quererme tendría que ser algo peligroso? ¿Por qué aceptarme tal como soy tendría que convulsionar a tanta gente?

¿Qué pasaría si restásemos valor a los lentes cosméticos, a las pestañas postizas, a las siliconas, a las cirugías plásticas, a los accesorios? ¿Cómo te sentirías si pudieras comer por salud y no por apariencia?

Pero nunca es suficiente, ¿verdad?

Conocí a una joven que lloraba desconsolada porque su cuerpo ya no aceptaba ningún alimento. Tenía una gastritis galopante y un severo cuadro de anorexia. Lamentablemente, no fue la única que conocí con este tipo de dolencias.

Y todo por encajar, por tratar de ser aceptada.

Las voces

Y tú, ¿tú qué estás dispuesta a hacer? Por un poco de compañía, de atención y hasta de dinero.

Ahí empieza la manipulación. Luego se vuelve más cercano el acoso solapado.

¿Y tú? ¿Por qué no lo haces?

Oye, ¿tú qué te crees?

Ay, te crees mejor que nosotras, ¿no?

Oye, es rápido, es fácil.

Además, no te toca.

La otra se fue de viaje, fíjate. Ella hizo su maletita, se compró su ropita.

¿Te crees superior a nosotras?

Y luego te dejan de hablar o te miran mal.

Siguen los juegos maliciosos, hasta quebrarte.

Lo sé, porque me pasó algo parecido. Pero yo soy una mujer liberada. Hace tiempo abrí mi baúl. Saqué, extraje todo lo que necesitaba y luego lo quemé, para no tener que volver a esconderme nunca más.

El cuento del empoderamiento

Ningún empoderamiento producto de un dolor no trabajado o del sometimiento de otros puede ser catalogado como tal.

Hace tiempo vi un reportaje de History Channel sobre las conejitas. Una de ellas decía: «Nos vendieron el cuento del empoderamiento, que podíamos hacer con nuestros cuerpos lo que quisiéramos, solo para esclavizarnos a ellos». Era en los años setenta.

¿Cuál es la diferencia con este siglo?

Claro, ahora no solamente son ellos: también ellas, y hasta algunas familias. «No sé qué hace en su cuarto, pero está ganándose la vida y ya no me pide dinero. Total, si no la toca, no es prostitución». Sí, claro.

Conocí a muchas chicas con profesión y con trabajo inmersas en estas plataformas. Y he visto más casos todavía, no solamente en plataformas, sino también en un comercio ilícito con sus cuerpos, a raíz de la llamada liberación o empoderamiento.

He revisado muchos testimonios. Es como un detrás de cámaras, ¿saben? Y la mayoría de las veces revela un pasado incómodo, difícil de contar, con diferentes tipos de abusos y dolor. Mucho dolor.

Sobre este territorio herido se yerguen furiosas y se proclaman empoderadas, solo para volver al punto inicial del laberinto.

Lo que normalizamos

¿Qué es empoderarse?

¿Será empoderada la bandida, la que tiene varios maridos, la que miente, la que manipula, la que trepa? Sobre todo, ¿lo será lastimando a otras de su género, traicionando su confianza?

¿Podrá hablar de territorio, de territorialidad, sin haberse aprendido a respetar antes?

Nuevamente, un lenguaje incómodo, hostil. ¿Para qué pensar, verdad? ¿Para qué cuestionarse?

Y así empezamos a normalizar lo que daña. Y así les enseñamos a las nuevas generaciones a mirar igual.

Mi cuerpo, mi territorio

Dejar de parcelar, de segmentar nuestro territorio, de exhibirlo buscando una recompensa, implica volver a conquistar. Hasta declararte independiente y, ¿por qué no?, soberana.

Mi cuerpo, mi territorio. Y yo lo amo y lo respeto.

Porque una mujer verdaderamente empoderada subvierte el orden de todo lo conocido que no contenga amor. Porque se respeta, sí. Y no necesita dominar a nadie, porque ha dejado de temer. Y está en paz consigo misma.

¿Y tú? ¿Te sientes bien contigo misma?

Quiérete.Ámate.Apruébate.Respétate.

Hay mucho que trabajar. Hay mucho que hacer. Te abrazo a la distancia.

Mireliz Alba

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Desde el útero · Mireliz Alba

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